Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

sábado, 5 de agosto de 2017

«La pasión de mi padre» -- Mini relato





La pasión de mi padre


A pesar del título en singular, mi padre tenía dos pasiones: la literatura y la pesca. De pequeños, en verano, nos encantaba salir con él al alba para ir a pescar en la barca.
—El mar está lleno de historias —nos decía, y nos entregaba a cada uno nuestra caña de pescar.
Era mal pescador, pues casi nunca llevábamos botín a casa, para gran exasperación de mi madre. En las ocasiones en que un pez —y no una historia— picaba el anzuelo de mi hermano o el mío, nos lo hacía liberar con sumo cuidado, envuelto en un trapo para que no se resbalara, y devolverlo al mar.
Él no usaba su caña, hecho que mi madre desconocía y de ahí que lo llamara mal pescador. Estaba demasiado ocupado hablándonos de las historias que íbamos a pescar. Siempre me pregunté cómo se las sabía tan bien, con tanto detalle, sin estar leyéndolas en el momento que nos las contaba. Claro que entonces yo no sabía que alguien las había escrito antes.
Él nos hizo creer que venían del mar, tesorero de las historias que dejaban a su paso otros pescadores y marineros. Señalaba las olas y exclamaba: ¡Ahí viene una historia! Esta la contó Ismael, un ballenero que, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo...
Y así, con solo cuatro o cinco años, escuchamos las historias que años más tarde descubrí pertenecientes a la literatura universal: El viejo y el mar, Moby Dick, La Odisea, Lord Jim, Cuentos de Terramar... 



«45 segundos» -- Relato en mil palabras



45 segundos



Llevo cinco minutos en la tabla, con las piernas colgando dentro del agua y las manos chapoteando, aburrido. Siento el frío congelarme las manos y los pies desnudos. Los dientes me castañean, tengo la cara pálida y los labios morados. En menos de una hora todo mi cuerpo se teñirá de diferentes tonos pálidos y morados. En menos de una hora estaré muerto.
Mientras espero la próxima ola todavía no sé que este día otoñal es el de mi muerte. Si lo supiera, ahora mismo nadaría hacia la orilla. Pero si alguien o algo un ángel, una voz, un presentimiento me avisara de lo que va a pasar, no escucharía y seguiría donde estoy. No puedo escapar a mi destino: ya está escrito.
A lo lejos distingo los perfiles de otros surfistas escudriñando el horizonte. Si viene una buena ola manotearán el agua como locos para alcanzar la cresta, y el frío que se les cala en el cuerpo se evaporará. Desde aquí aparecen apretados, como si se tocaran unos a otros. Yo necesito espacio, así que estoy solo, alejado. Supongo que por desmarcarme, destaco, y por eso seré el elegido. Seré la foca solitaria que saciará su hambre.
Lo curioso es que esta foca no debería estar hoy en el lugar equivocado a la hora equivocada. Mi presencia aquí se decidió de improviso anoche. Entre cervezas, empezamos a soltar salvajadas incoherentes hasta que alguien propuso por fin algo razonable. El pronóstico del tiempo pintaba bien. Eso puso punto final a la noche. Saldríamos a las cuatro de la mañana para llegar antes del amanecer.
Llamé a Michelle para anular nuestro plan. Estaba celebrando una despedida de soltera con sus amigas. Pareció contenta al oír mi voz, pero no quise alargarme para no distraerla demasiado ni darle oportunidad a un reproche. Lo siento, cariño dije y noté al instante el efecto positivo que causó esa palabra esporádica, tendremos que dejarlo para el próximo fin de semana. Mañana las olas estarán que ni pintadas.
A mis veintinueve años esta es la relación más larga que he tenido: tres meses; para mí, una eternidad. Aun así, mis prioridades no han cambiado. Ella actúa con cautela y acepta que el mar es mi primer amor. No es celosa de él, por eso creo que me quiere. Con esa certeza, tengo libertad de seguir siendo quien soy. Si le molestó el cambio de planes, fue demasiado lista para demostrarlo. Diviértete, te veré la semana que viene esas fueron sus últimas palabras para mí. Vale, nos vemos dije yo. Y resulta que no volveremos a vernos nunca más.
Si lo hubiera sabido le habría dicho que la quiero, incluso sin estar seguro. Cuando uno se va a morir, ¿qué más da la verdad? Mejor que ella creyera que fue de la única mujer que estuve enamorado. Además, habría sido algo bonito para contar a la familia y amigos. Sin embargo, como nunca le he dicho nada parecido antes, se habría extrañado y le habría dado vueltas al porqué dije lo que dije. ¿Es que intuía que iba a morirme?
No, en absoluto.
Así que debería estar con Michelle. O no, porque... ¿no decido todo en el momento, sin planear nada?
Ahora ya no importa: estoy aquí, me guste o no me guste. Ellos también están aquí, acechando bajo la superficie a poca profundidad. Pelearemos durante cuarenta y cinco segundos. Ellos ganarán: son dos contra uno. Yo perderé. Estos son los hechos. No hay nada que nadie pueda hacer, es ya demasiado tarde.
El primer mordisco, en la tabla, me hace tambalear y caer al agua. Mi mente se inunda de mil pensamientos. Primero viene la sorpresa ¿qué puede ser?, ¡una ola no! y entonces, la inmensa, casi incontenible conmoción. La mandíbula se aferra a la tabla y detrás aparece la cabeza. Con el crujido, ensordecedor, la tabla salta por los aires. Ahora solo pienso en una cosa: nadar lo más lejos posible. Pero no puedo: viene a por mí.
Antes del primer empujón logro gritar con todas mis fuerzas. Me agarro a una aleta y golpeo la cabeza una, dos, tres veces. Nunca he pegado con tanta violencia y noto las uñas rasgándome las palmas de las manos y los nudillos cortándome la piel. Sigo voceando y pegando fuerte, pero se me escapa de las manos. Oigo voces que vienen de la playa. ¡Venga, nada, nada, tú puedes! Y entonces veo al otro, rodeándome en círculos.
Un centenar de cuchillos me perforan el abdomen y un regusto amargo de cerveza y pizza me sube a la garganta. La espuma se tiñe del rojo de mi sangre. Los chicos de la playa siguen gritando, animándome. Uno de ellos vendrá a rescatar mi cuerpo ya sin vida, arriesgando la suya propia al meterse en este baño de sangre.
Pienso en los titulares de los periódicos. Si vivo para contar la historia me convertiré en una celebridad. La idea me mantiene fuerte, pero ya no puedo moverme. El segundo bocado me perfora la arteria femoral.
De repente tengo sueño y me vienen a la cabeza los recuerdos más extraños. Me veo con mi madre regañándome a los tres años por comerme unos gusanos de seda, pescando con mi padre, engullendo la tarta de limón y merengue de mi abuela, haciendo surf por primera vez, poniéndome ciego en mi fiesta de cumpleaños, buceando y cazando langostas, surfeando en las playas de todo el mundo, pernoctando en comisaría por violencia callejera, haciendo el amor a Michelle... Retazos de mi vida se repiten ante mis ojos.
No siento miedo, incluso ahora. Ni pesar o tristeza. No me arrepiento de nada. Solo siento el dolor que me va a hacer perder la conciencia. Y de repente, felicidad y gratitud por la vida que he tenido y por morir haciendo lo que más me gusta.
Solo deseo tumbarme aquí en el mar y contemplar el cielo desde mi lecho eterno.


***


En memoria de Brad Smith (1974-2004)


sábado, 1 de julio de 2017

«Vocación de padre», un relato

Vocación de padre


Llamé a la puerta, pero entré sin esperar a que viniera a abrirla. Después de más de veinte años de amistad, había confianza.
—¿Qué haces? —pregunté más que nada para anunciar mi llegada.
Él estaba frente al ordenador, como tantas otras veces. Se giró en la silla y dijo:
—Estoy mirando las fichas de las donantes, para escoger una. Ven a ver.
Me acerqué cauteloso, pero su respuesta ya me había echado atrás un par de pasos. No es que no supiera de sus planes; aun así, la rapidez con la que los ponía en marcha no dejaba de sorprenderme.
Se trataba de algo que yo mismo me había planteado desde siempre, desde que en mi más tierna juventud supiera que no tendría hijos de la manera tradicional y que por esa misma razón no sería fácil tenerlos. Hacia los treinta años, cuando tuve dinero, lo pensé en serio, lo hablé con los amigos y hasta con los compañeros de trabajo. Todos me apoyaron y animaron, aunque yo hablaba de adoptar y seguí hablando sin hacer nada durante varios años más. Entonces me trasladaron a Madrid y conocí a Gustavo, nos enamoramos a toda prisa, y antes de casarnos hace diez años salió el fantasma de los niños, esa conversación que tienen todas las parejas dando por sentado que los futuros seres serán el producto del cincuenta por ciento de cada uno, aportando lo mejor pero quizá también lo peor de cada uno. Nos lo quitamos de la cabeza cuando nos acostumbramos a la comodidad de estar tan bien juntos, de tenernos solo el uno al otro. Ahora sí lo haría, pero la vida me pilla pobre y viejo.
Rafa movía el ratón arriba y abajo.
—Estoy entre estas dos. Tienen un historial médico impecable, sin enfermedades; se alimentan bien, no fuman ni beben o consumen drogas y no tienen antecedentes de problemas mentales o emocionales.
—Y las dos son rubias y con los ojos azules —puntualicé sin salir de mi asombro.
—He escogido a las más guapas, claro. También tengo localizada a la gestante.
Volví a pensar en lo del cincuenta por ciento. En esos momentos me pareció frívolo que mi amigo estuviera eligiendo la mitad de lo que sería su futuro hijo en la pantalla de su ordenador. Y además de comprarlo, iba a alquilar un vientre por más de ochenta mil euros. ¿Pero no es esto el siglo XVI? El futuro ya es el presente.

***

Perseverante como es, escogió a su donante y a otra gestante, viajó a Estados Unidos, proporcionó sus semillas, y nueve óvulos fueron fertilizados: cinco XX y cinco XY. La gestante llevó durante algunos meses a un niño y una niña, el único óvulo fertilizado con gemelos, pero la niña no sobrevivió.
Ahora Rafa es el padre soltero de un niño de casi un año y me cuenta con orgullo que va a por la niña, su hermana, de la misma madre y la misma gestante, y que dentro de ocho meses volverá a viajar a Estados Unidos para recogerla.


«Un poema de amor» -- Relato

Entra un mensaje de Pablo, pero no es solo para mí. Estoy en un grupo con un montonazo de gente. Nos pide colaboración para un proyecto. Va a proponerle matrimonio a Sergio. Ha escogido un poema de Neruda sobre el amor. Nuestra labor: grabarnos con el móvil leyendo el poema entero. Es larguito. Luego él ya lo editará y al final le hará la propuesta.
Pienso dos cosas. Primera: ¿para qué casarse? Y segunda: qué buena idea.
—No todo el mundo es tan reacio al matrimonio como tú —me dice el amor de mi vida actual.
Vaya, así que no estaba solo pensando; la voz me ha traicionado.
—El matrimonio es la prostitución de la mujer. Me cuesta aceptar que dos hombres se metan en él de manera voluntaria.
—También las mujeres se meten de manera voluntaria. —Ríe.
—Mejor lo dejamos. —Eso le digo cuando intuyo que se mofa de mí.

***

Voy a poner mi granito de azúcar, por supuesto. Somos amigos desde mucho antes del fin del siglo pasado y siento un cariño profundo por los dos. A Pablo lo conocí primero. Durante un largo tiempo tuvo novia, y era divina. Así la llamábamos: la Divina. Solo hablaba perfecciones de ella. Nunca la vimos y un día nos contó que se acabó. Entonces apareció Sergio, un amigo. La amistad se alargó durante al menos cuatro años, hasta que el padre de Pablo murió. Y de repente: que somos más que amigos, es que mi padre no lo habría entendido, eso lo habría matado, mejor esperar a que se muriera de otra cosa. Lo miramos atónitas. ¿Y la Divina? Era guapísima, nos dijo, y tan perfecta, tan divina… Nos alegramos por la liberación evidente que sentía, pero con el orgullo un poco herido nos quejamos: a tu padre vale, pero a nosotras ¿por qué nos has tenido tan engañadas? Su respuesta: si nadie conocía nuestro secreto, sentía que traicionaba menos a mis padres, aunque nos costaba creer que nunca nadie nos preguntara o sospechara nada.
Y ahora se casan. Porque Sergio le dirá que sí, ¿no? Le pregunto a Pablo cuando será la pedida de mano y me contesta que eso de la pedida es retrógrado, arcaico, patriarcal. Bueno, pues entonces ¿qué le vas a pedir?, ¿el pie? Que no es una pedida, es una propuesta.

***

Cumplo con mi palabra de buena amiga y a los pocos días me llega el resultado. Estoy en el cuarto de baño pasándome el hilo dental. Ya es tarde pero todavía no he apagado el móvil. El vídeo es de dos minutos y algunos segundos, menos de los que empleé yo en leer el poema después de tres intentos al final de los cuales conseguí no tropezarme en alguna palabra desconocida; sin duda, chilena.
No consigo demorar el momento de verlo. En la cama estaría más cómoda. Sin embargo, me veo, de reojo, reflejada en el espejo del cuarto de baño, de pie, con el aparato en la mano, la boca abierta y el hilo colgándome de un diente.
Yo aparezco hacia el final. Poco agraciada, pero por suerte solo pronuncio una frase: «Tú me responderás hasta el último grito» y enseguida me releva el siguiente participante o grupo de ellos. Admiro la capacidad matemática y técnica de Pablo: en tan poco tiempo ha repartido frases para todo ese montonazo de gente; en más de una ocasión ha demostrado que valieron la pena todos los años que invirtió —o dejó pasar— en el proyecto de final de carrera. Además, hay otro vídeo, de los dos sentados en un banco de un parque, Sergio mirando el primer vídeo y Pablo, al final, arrodillándose ante él —pero bueno, ¿y eso no es retrógrado, patriarcal, etc.?— antes del gran abrazo.
El montonazo de gente son hombres, mujeres, niños; jóvenes, medianos y muy mayores; algunos fuera: en la montaña, la playa, el jardín; otros en casa: en el salón o sentados en una cama hecha; algunos en solitario; otros en pareja o en familia, donde todos participan.
Se me nubla la vista. No son solo lágrimas de emoción las que me saltan sin permiso sino de orgullo por toda esa gente, y hasta por mí. Me apresuro a expresar lo que siento con innumerables emojis de corazones y caras redondas amarillas emitiendo más corazones simuladores de besos internáuticos.
El amor de mi vida actual entra en el cuarto de baño. Llega tarde a nuestro ritual de limpieza bucal conjunta. Se detiene un momento muy cerca de mí y al instante sé que ha visto mi profusión desmesurada de corazones. No es que sea celoso, es que me saca tres palmos. Aun así, seguro que se pregunta a quién más que a él le dedico tanto amor. Le enseño el vídeo y cuando termina digo:
—No sabía que era posible tener tantos amigos.
Él ríe, como siempre.
—¿Podrías hacer algo tú así por mí?
—Creía que no querías casarte.
—Pero eso no quita que tú puedas pedírmelo.
Alza las cejas, a punto de reír de nuevo. Estiro del hilo dental colgante y añado:
—Aunque te diga que no.
            Ahora sí, da rienda suelta a la carcajada contenida.


jueves, 15 de junio de 2017

«Se la llevó el viento», un relato

En el pueblo fúnebre al que llegaron por los años cincuenta, no soplaba la tramontana como en el Ampurdanés de mi infancia. Aun así, cuando la furia fría que hace enloquecer a los que hablan de ella tiñe el cielo de ese azul tan intenso, son los recuerdos de ese pueblo de Tarragona los primeros que evoca mi mente. Allí conocimos al Teo y la Hortensia.

No éramos tan pequeños el día que él se puso a gritar que nos echáramos al suelo. Estábamos ya tumbados en L’Estany, donde tomábamos el sol y saltábamos al mar desde las rocas, y pensé: qué irónico. A pesar de su advertencia, nos incorporamos. Lo miré sorprendida, incapaz de asimilar su alarma; nunca lo había visto tan agitado. Seguí con la mirada su brazo extendido. «¡Que viene un tornado!», gritó de nuevo. En efecto, en lo alto de la colina un torbellino de hojas se precipitaba hacia abajo ganando fuerza y tamaño a medida que descendía. Recogimos las toallas y corrimos a toda prisa hacia la casa. El pelo me azotaba la cara.

Al día siguiente nos acercamos a su casa, esa tan fea, aunque blanca. Ella leía frente a la ventana abierta, sobre unos cojines en posición de loto, como dirían ahora, fumando su purito de siempre como si nada. Antes habría desayunado lo habitual: pa i cosa; es decir, tostadas con sobrasada y queso de Mahón. Nos saludó también como siempre: «Hola, Carasguapas», y volvió la vista al libro. Él, para variar, no estaba con sus barcas y redes. Para entonces pasaba menos tiempo en esos enseres y ya empezábamos a pensar que estaba perdiendo la chaveta. El pelo totalmente blanco y abundantísimo lo había tenido así desde que los conociéramos años atrás, cuando éramos tan catetos y no respondíamos a sus intentos de abrirnos la mente. Pero ahora estaba todo él arrugado, con la piel curtida después de tantos años expuesta al sol. Había sido guapísimo, tan alto y dotado de esos genes de dandi inglés que todavía circulan por Menorca. Era parco en palabras, pero esa mañana nos contó que la Hortensia, por su menudencia —no medía ni metro y medio—, era la víctima perfecta del viento y que desde una vez que la levantara dos metros, él no se fiaba: sabía que un día se la arrebataría. Ella rio a carcajadas y desmintió la historia. Él salió del comedor, despotricando por lo bajo, ahora sí, hacia el cobijo de sus redes.

El pueblo había sido fúnebre porque pintaban las casas y las barcas de negro. Ellos habían recorrido toda la costa catalana en busca de un lugar que se pareciera a la cala donde habían vivido en la isla. Si por ella fuera, se habrían quedado en Barcelona, donde podía satisfacer su afición por las cartas y las apuestas. Durante años, o quizá toda la vida desde que llegaron, se iba al frontón cada día, un lugar que solo frecuentaban hombres. A él lo tuvo siempre engañado, aduciendo que iba a visitar a su hermana. Era un secreto a voces, aunque ella hablaba libremente de cuánto había ganado o perdido, hasta que aparecía él y nos chistaba: «Silencio, que viene el Teo». Habían llegado a un acuerdo conveniente para los dos: entre semana vivían en la ciudad y los fines de semana, empezando en jueves, se trasladaban al pueblo. Era el que más se asemejaba a lo que habían dejado atrás, por la pesca, excepto en lo del color negro. Él pintaba sus barcas de blanco, y eran de fibra de vidrio, no de madera. La primera vez que encargó una e insistió en que fuera blanca, se topó con la incomprensión y resistencia de los que hacen las cosas por tradición, sin cuestionarse el porqué. «¿Pero no sabéis que el negro atrae y absorbe el calor?», les increpaba indignado. Esto nos lo contó ella, concluyendo: «El Teo, mucho criticar al caudillo, pero es muy absoluto», que quería decir mandón. La cuestión es que gracias a él empezaron a pintarse las barcas de blanco y pronto las casas, y el pueblo dejó de ser fúnebre.

Eso fue anterior a nosotros, pero no mucho antes, pues éramos aún muy jóvenes cuando íbamos a su casa a hacer la sobremesa, jugar a cartas y aprender de ellos. Nos encantaba, aunque yo me escandalizaba. El día que murió el papa Pío XII ella quiso abrir una botella de champán para celebrarlo. Yo estaba horrorizada; en mi casa me habían inculcado que la muerte de alguien era siempre motivo de tristeza y más aún si se trataba de un religioso: mi madre era muy devota. Ellos, en cambio, eran ateos convencidos y consecuentes. Nos hablaban de los tiempos de la República. Nosotros no habíamos votado nunca ni habíamos visto a nuestros padres hacerlo, pero vivíamos muy bien, no nos faltaba de nada. Ellos nos decían que España estaba anclada en el atraso, a años luz de Alemania, que se había recuperado del nazismo y de la guerra gracias a la democracia. Contestábamos con los ojos abiertos de incredulidad que qué va, que ahora con Franco había paz, no nos faltaba de nada, íbamos al colegio, teníamos nevera y pagábamos el Seiscientos a plazos. «Estáis equivocados», nos decían, pero no mencionaban su nombre, solo «el cabrón ese». En mi casa hablábamos catalán, pero mis padres eran de derechas. No se mencionaba la guerra, aunque yo recordaba el tiempo de las raciones. No sabíamos nada, éramos unos catetos.

Ahora que lo pienso, después de más de sesenta años, siento vergüenza de la joven ignorante que fui. Un día nos enteramos, tarde, de que ella había muerto y no hubo funeral ni misa ni hostias, como habría dicho ella misma. Cuando se acabó, se acabó y no hay más. Fuimos a verlo a él y volví a pensar que se le había ido la chaveta cuando dijo: «Se la llevó el viento».


jueves, 16 de junio de 2016

Por qué no me parece mala la religión

Un amigo mío predice que dentro de cien años ya no existirá la religión, que será uno de esos temas de los que nuestros descendientes hablarán con espanto e incredulidad; así: «No hace tanto, en el siglo XXI, aún se mataban en nombre de un personaje ficticio llamado Dios, Jehová o Alá». Yo no lo creo: si tenemos religión desde hace milenios es por algo y no va a desaparecer tan fácilmente. Tampoco estoy de acuerdo con otra opinión bastante generalizada: que la religión es el origen de todos los males y que sin ella la sociedad en conjunto se beneficiaría.

Lo terrible es el fanatismo y extremismo religiosos. De eso sí que debemos desprendernos en cuanto antes, atacando de raíz: desde la educación. Eso sí que es una enfermedad mental, aunque no se nace con ella; es totalmente aprendida. Según la asociación de psicólogos estadounidenses (American Psychological Association ‒ APA), desde hace un par de años la creencia apasionada en una fuerza superior hasta el punto en que entorpece la habilidad para tomar decisiones sobre cuestiones de sentido común se considera una enfermedad mental. De acuerdo con esta definición, muchos han afirmado que la religión es una enfermedad mental.

Según mi amigo —y muchos otros— creer en un dios todopoderoso es algo que va contra toda lógica y pensamiento crítico. Estoy de acuerdo. Además yo soy atea. Pero me resisto a aceptar todavía que la religión es una enfermedad mental. O que las personas religiosas son enfermas mentales. Aunque también estoy dispuesta a aceptar que sí lo son, si aceptamos también que todos en mayor o menor grado estamos un poco tocados de la chaveta.

La verdad es que conozco a poquísimas personas que sean totalmente libres de algún tipo de religiosidad. Ahora mismo solo se me ocurren tres, aparte de mí. Ninguna mujer, por cierto. Según mi experiencia, las mujeres tienden a ser más espirituales que los hombres, aunque conozco también a muchos hombres que lo son. Hablo de otras creencias, tan espirituales y tan de moda hoy en día, que a mí me suenan tanto o tan poco razonables como la fe cristiana, musulmana o budista. Hablo de la gente que cree que el universo conspira para que le vayan bien o mal las cosas. Y cuando me dicen que creen fervorosamente en esta teoría, la de la ley de la atracción, respondo que yo también la creo, por supuesto, porque la he comprobado en mis propias carnes, con un solo matiz: no es el universo, no son los demás, no es Dios ni tu ángel de la guarda, ni una fuerza espiritual; eres tú mismo, como individuo que toma la decisión de realizar algo quien toma los pasos necesarios para conseguirlo. El entorno influye, por descontado, pues no vivimos en una burbuja y todas nuestras acciones repercuten en los demás y tienen consecuencias.


Parece ser que la delegación de responsabilidad es algo muy humano. No podemos con todo, así que le damos a alguien más grande el papel de haber creado la naturaleza y lo que vamos alcanzando el conjunto de la humanidad.

Yo creo en mí misma y en muchas otras personas (todas de carne y hueso). No creo en nadie superior a mí, pero sí admiro a infinidad de personas de las que aprendo constantemente, algunas mayores que yo, otras muchísimo más jóvenes y —en teoría— con menos experiencia, pero entiendo que no todo el mundo sea así. Para algunas personas creer en sí mismas es demasiado abrumador y necesitan delegar esa responsabilidad a un ser o una fuerza superior.

La religión es un tema que surge a menudo en las conversaciones que mantengo con la gente, y no hace falta que sean amigos; es como hablar del tiempo: enseguida sale. Creo que la culpa es mía, pues no soy muy dada a hablar de trivialidades con tal de hablar de algo. Por eso, cada vez que conozco a alguien nuevo, que es a menudo, hablamos de temas interesantes, y la religión es uno de ellos. Yo siempre digo que soy atea gracias a la iglesia católica, pues me quisieron meter la fe por un tubo y ya de pequeña vi que eso no se aguantaba por ningún lado. Aun así, no vi la luz hasta los doce años. Ahora escucho a mis hijos razonar sobre todo eso y me admira su inteligencia y que hayan tardado tan pocos años en pensar de manera crítica y lógica. Pero es que a ellos nadie les dijo, sin admitir réplica, que Dios existe y también el cielo y el infierno, adonde irán a parar dependiendo de si son buenos o malos. Y me sorprende, nunca deja de sorprenderme, esa gente que admite haberse educado también en la fe católica y proceden a contarme los horrores a los que los sometieron para concluir que aun así creen en Dios, pero son agnósticos, es decir que tienen su relación personal y privada con el creador. De hecho, conozco a muy pocos ateos como mi amigo, el que cree que esto se acaba, y como yo y un par más que nos creemos que no necesitamos depender en alguien superior.

Otro amigo me comentó hace un par de días que está habiendo un resurgimiento de cristianismo en Australia. Pues que Dios nos coja confesados, digo yo. No me gusta, no me gusta porque en el parque un día un niño se puso a hablar de Dios y cuando uno de mis hijos le contestó que él no creía en el todopoderoso, el otro le dijo: «Pues eres estúpido». Mis hijos no son estúpidos pero sí muy sensibles y a mí no me han oído jamás decir que alguien es estúpido porque no comparte mis creencias, ya sean sobre religión, educación, política o el color rosa. La cosa terminó así: «Mamá, vámonos, y no quiero volver a jugar nunca más con niños que van al colegio. Esperaremos a que se terminen las vacaciones para que no puedan ir al parque».

Una de las grandes sorpresas que me llevé durante mi primer año en Australia, hace ya mil años, fue descubrir un folleto religioso sujeto con un imán en la nevera de una chica un par de años menor que yo. Me sorprendió tanto que le pregunté qué era eso. Me explicó que sus padres la habían criado sin religión, como si Dios estuviera ahí en el trasfondo pero incluir la religión a todas las otras tareas de la escuela y la vida requiriera un esfuerzo demasiado grande, y total para qué, en ningún trabajo se la iban a pedir. Así que fue ella misma, a los veintitantos años, quien decidió suplir esa carencia y ahora iba a misa todos los domingos y se había convertido en mejor persona, algo que repercutía positivamente en la relación con su marido y sus hijos, todavía pequeños. Me quedé de piedra y recuerdo que pensé: ¿Por qué alguien que ha tenido la suerte de ahorrarse el adoctrinamiento religioso en la infancia, va y lo busca de adulta? Más tarde leí sobre casos similares. Recuerdo, por ejemplo, una novela de Rohinton Mistry en la que el protagonista, criado sin religión, decide adoptar una y emplea un largo tiempo en visitar iglesias y templos para aprender sobre todas ellas antes de decidirse por una.

Ahora ya no me sorprende que la religión o la espiritualidad sea necesaria porque ya tengo muy claro que para la mayoría de gente tomar decisiones sobre su propio destino supone un esfuerzo demasiado grande. Reconozco que a mí también me pasa: a veces tomar una decisión sobre algo es superior a mí, no me decanto por una opción u otra, y por fin me digo: lo dejo al azar y a ver qué pasa, aunque un amigo me dijo que no hacer nada, dejarlo reposar, también es tomar una decisión.

Otra cosa que me sorprendió de esa madre joven que acababa de abrazar la religión por primera vez en su vida fue que esa afición era algo suyo en lo que el resto de la familia no participaba, como si fuera una clase de yoga o bricolaje. Vamos, que no parecía querer imponerlo a nadie más, ni siquiera hablaba sobre ello. Ese es el tipo de persona religiosa que me ha interesado durante años y en la que me basé para crear el personaje de María en mi novela Nunca dejes de bailar. He conocido a otras. En especial recuerdo a una, una señora de unos sesenta años que me pareció una bellísima persona, llena de vida y alegría. Durante el breve tiempo que la traté jamás me mencionó a Dios. Fue en la época en que vivía en Singapur y ella estaba allí de visita. Cuando se hubo marchado, su hija me contó que en su familia habían sido siete hermanos, pero ya solo quedaban cuatro porque cuando ella era adolescente habían sufrido un terrible accidente de tráfico en la furgoneta en la que viajaba toda la familia, los nueve miembros que eran, y en el que murieron el padre y tres de los hijos. Mi pensamiento cuando escuché ese relato fue para la madre: no podía creerme que una persona tan alegre, amable y optimista hubiera pasado por eso, y le pregunté a su hija cómo era posible. Esto fue lo que me contestó: «Mi madre es una persona muy religiosa. Es la fe en Dios lo que la hizo seguir adelante». Ni siquiera visitó jamás a un psicólogo. La creencia en algo que a mí me parece inventado le proporcionó la fortaleza para centrarse en lo que le quedaba aquí. He conocido a otras madres que han perdido a sus hijos, algunos muy pequeños, y es el amor a Dios lo que las ayuda a continuar adelante. Pues solo por eso, digo yo que la religión es buena. Y más barata que el psicólogo, las drogas o el alcohol.

No volví a verla más pero siempre he recordado a esa señora extraordinaria y he conocido a otras mujeres profundamente religiosas que sin embargo llevan su fe de forma privada. En cambio, la gente que a la más mínima saca el tema del universo conspirador ¿no se pasan un poco pregonando su religión?

martes, 19 de abril de 2016

Método infalible para que los niños hablen inglés

Mis hijos nacieron en Australia y todo apuntaba a que pasarían su infancia en este país. En sus primeros años no fue así, pues vivimos en otros lugares y pasamos largas temporadas también en España. De todos modos, han estado la gran parte de sus aún cortas vidas inmersos en la cultura de un país en el que no existe una lengua oficial pero casi el 80% de la población es monolingüe en inglés.

A los que nos hemos criado bilingües y hablamos varias lenguas nos parece extrañísimo que existan personas monolingües. Es como si les faltara un brazo o una pierna: hay ciertas cosas que no pueden hacer. Por ejemplo, en un mundo tan globalizado como el de hoy, de repente se quedan callados cuando en la mesa donde se han reunido a comer con varios amigos, coinciden tres multilingües que se ponen a hablar en tres idiomas a la vez.

Yo paso de una lengua a otra de manera constante a lo largo del día. Es algo que he hecho desde siempre y me parece natural; además, según todos los estudios, es buenísimo para la mente, tanto la de los niños, que se desarrolla de manera más flexible para aprender otras habilidades como las matemáticas, como la de los adultos, que les fuerza a seguir ejercitándose y detener el desarrollo de enfermedades degenerativas como el Alzheimer.

Dado que soy multilingüe y he tenido siempre a mi disposición la posibilidad de pasarles esta herencia a mis hijos, quise desde antes de que nacieran que ellos también fueran de entrada bilingües. Ya había estudiado años atrás el proceso de la adquisición de lenguas en los niños, incluso empecé un máster en pedagogía bilingüe en Estados Unidos (no lo terminé) y trabajé con niños hispanos que llegaban al colegio sin apenas hablar nada de inglés. Pero al tener a los míos propios y observar cómo tantas otras madres de España, Alemania, Perú, Chile, Japón, Singapur, Indonesia (se me olvidará alguno) se habían emparejado con australianos y sus hijos ya solo hablaban inglés, quise investigar un poco más por qué tantas madres no conseguían pasar su lengua —por algo se le llama «la lengua madre»— a sus hijos. Después de hablar con algunas, llegué a temer que a mí también me pasara eso: que los niños se negaran a hablar la lengua minoritaria que yo escogiera para comunicarme con ellos.


Aclaro que eso es lo que hubiera hecho en cualquier lugar del mundo: optar por la lengua minoritaria para que mis hijos no hablaran solo la dominante. He oído decir a más de una persona que no sería capaz de comunicarse con sus hijos en otra lengua que no fuera la propia con la que se crio, la nativa. Las personas que opinan así no son bilingües o multilingües, o su lengua nativa domina sobre la otra u otras. Pero los que pasamos de una lengua a otra con tanta facilidad no tenemos esa lealtad a la lengua nativa y podemos optar por olvidarla y hablar la lengua adquirida más tarde con nuestros hijos, como en efecto han hecho tantas madres y padres que he conocido aquí. Yo siempre había pensado que si hubiéramos vivido en Barcelona, les habría hablado en inglés, sin importar cuál hubiera sido el idioma del padre. Y de esta manera tan fácil y barata habrían crecido hablando tres idiomas a la vez: inglés, catalán y castellano.

Cuando nació mi primer hijo, hace casi diez años, caí en la trampa de creer que iba a cambiar mi estilo de vida de manera que no podría viajar como había hecho hasta entonces. Entre otras cosas, pensé que ya no podría permitirme ir a Barcelona al menos una vez al año o año y medio. Por esa razón, me decanté por escoger el español como lengua minoritaria para comunicarme con él. No dejé de moverme; uno de los viajes más memorables y entrañables de esos tiempos fue a Japón yo sola con mi hijo de un año y embarazada del segundo. Y continuamos visitando Barcelona periódicamente. Entonces pensé que debería haber escogido el catalán. Sí, me arrepentí porque me di cuenta de que el castellano lo habrían aprendido de manera más fácil a partir de saber ya catalán. Ahora son bilingües en inglés y español, y cuando van a Barcelona «pillan» el catalán con mucha facilidad, pero en cuanto nos vamos lo olvidan, porque no lo usan. Desde que nacieron le pedí a mi madre que les hablara en catalán como al resto de sus nietos, pero a diferencia de mí, ella es comodona cuando se trata de la lengua: sigue la corriente de lo que se habla, mientras que yo, rebelde, me empeño en hablar la que menos se habla. Así que, como yo les hablo en castellano, ella también.

Ahora que tienen ocho y casi diez años, es evidente que su primera lengua, con la que se sienten más a gusto, es el inglés. Su vocabulario es más amplio pues prefieren leer en inglés y ver películas en inglés y escribir en inglés. Alex dice que «el inglés es más guai». Conmigo siguen hablando en español y también entre ellos cuando están solos o conmigo, pero cada vez más a menudo me dicen palabras y hasta frases enteras en inglés, o me preguntan: «¿Cómo se decía en español?»

Yo jamás les he exigido que me hablen en la lengua que he escogido. Es más, obligar a que se comuniquen en una lengua específica es una de las razones por las que los niños la pierden: se rebelan contra ella. La otra causa es no hablar siempre, sin excepción, la lengua objetivo. Eso es lo que me he limitado a hacer: hablarles siempre en español, en todas las situaciones y sin pudor. Lo recalco porque lo que he observado en las madres (y padres en menor medida) que se quejan de que sus hijos no quieren hablar su lengua es que ellas han sido las primeras en desdeñar esa lengua en situaciones sociales para no quedar mal con otras personas. Yo no: siempre he puesto a mis hijos por delante de otras personas, como debe ser, así que les hablo siempre en español. Si hay más gente involucrada, lo repito todo en inglés: no me importa el trabajo extra, aunque ahora a veces son los niños los que traducen por mí.

Cuando eran pequeños mucha gente me preguntaba si les estaba enseñando español. Era una pregunta siempre sorprendente. Yo contestaba: «No es necesario enseñarles. Les hablo en español, y ellos también lo hacen. Así de fácil». A medida que pasaban los años y los niños no se rebelaban contra la lengua madre, la gente me preguntaba cómo lo conseguía. Algunos me dijeron: «Claro, como no van al colegio y están siempre contigo…». No, no es eso. Eso es como afirmar que no se socializan por el hecho de no ir al colegio. Ya lo he dicho muchas veces pero no me importa repetirlo: precisamente por el hecho de no tener que ir al colegio o al trabajo de nueve a cinco, tanto mis hijos como yo nos relacionamos con más infinidad de gente que los que siguen una rutina y tienen que tratar con las mismas personas día tras día. Que los niños hablen y mantengan una lengua minoritaria es fácil y se puede conseguir sin obligar ni prohibir nada.

El título de este artículo es «Método infalible para que los niños hablen inglés» y, aunque no lo parezca, es en eso en lo que me quiero centrar, a pesar de que en mi caso no es mérito alguno que mis niños dominen el inglés. Sin embargo, creo que sí me merezco todo el mérito de que hablen español y tengan una facilidad asombrosa para aprender otras lenguas y, como he dicho, otras habilidades como las matemáticas. Por cierto, voy a expresar una opinión que hace tiempo que deseo gritar a los cuatro vientos: las matemáticas están chupadas, solo hay que pillarles el truquillo; la lengua, en cambio, es infinitamente más difícil, por la sencilla razón de que no es cuadriculada.

Me atrevo a hablar de este método infalible porque llevo treinta años estudiando la lengua inglesa con pasión y sin descanso. Durante muchos años di clases de inglés en Barcelona y Perth y, modestia aparte, todos los alumnos que he tenido me adoraban; con algunos he conservado la amistad durante años hasta hoy. Solo recuerdo una madre que no estuvo satisfecha con mi manera de enseñar a su hijo, al que daba clases particulares de todo (después de haberse pasado el día entero en el colegio, ¡pobre niño!). La madre me dijo que yo «no le imponía disciplina» y que solo hablábamos y jugábamos pero no parecía que el niño estuviera aprendiendo nada conmigo. No me despidió; fui yo quien se excusó: «Me voy a coger un tren hacia tierra austral», pero ella me preguntó si conocía a alguien que me pudiera sustituir, «un chico mejor, que será más estricto que tú». El niño tenía once años y tengo la esperanza, como con todos mis alumnos, de haberle inspirado algo. Ahora jamás me aventuraría a educar a otros niños que no sean los míos, no por ellos sino por tener que tratar con madres y padres que aún están anclados a la idea de que para aprender hay que sufrir.

Este método es ideal para poner en práctica desde el mismo nacimiento del niño, aunque nunca es tarde. Partiendo de la base que el niño en cuestión nace en España, digamos que en Madrid, lo mejor sería que uno de los dos padres escogiera el inglés para comunicarse con su hijo. Si el progenitor es nativo de esa lengua tiene ya mucho ganado, no solo porque le puede resultar más natural, sino porque no tendrá que enfrentarse a la incomprensión social. Un español que se decante por este método, en cambio, tendrá que ataviarse con el chubasquero para que la crítica social que caerá sobre él le resbale con más facilidad. Si resulta que ninguno de los padres se ve capaz de asumir ese papel, ya sea porque no dominan suficiente el inglés o por no sentirse capaces de mantener esa responsabilidad de por vida, lo siguiente mejor es contratar a una persona cuidadora de los niños que les hable solo en inglés. Un au-pair sería lo ideal. No sé si a España todavía van au-pairs como antes era popular; aquí sí, y resulta un arreglo conveniente para las dos partes. Algunos padres me han dicho que no todos se lo pueden permitir. Bueno, yo discrepo, porque luego veo que matriculan a sus hijos en clases de inglés extracurriculares. Eso es tirar el dinero, igual que recibir clases de inglés en el colegio. Pero si no pueden o no quieren tener a un au-pair, pueden contratar a alguien aunque sea solo uno o dos días a la semana; lo importante es que hablen solo en inglés y siempre: que jueguen con ellos en inglés, que les lean en inglés, que miren películas y dibujos animados en inglés.

Y eso es todo lo que hay que hacer para que los niños hablen inglés, así de fácil. Sobre todo: no gastarse el dinero en clases particulares ni meterlos en una academia; eso es como llevarlos un mes a Inglaterra con un grupo de cincuenta niños más: divertido, pero es más probable que el profesor acabe hablando español que los niños en inglés.

Si yo sola he conseguido que mis hijos hablen español en un mundo dominado por el inglés, cualquier madre o padre puede conseguir que sus hijos hablen el inglés, sin inmersión, sin clases particulares… sencillamente hablando y jugando.