Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

sábado, 1 de julio de 2017

«Vocación de padre», un relato

Vocación de padre


Llamé a la puerta, pero entré sin esperar a que viniera a abrirla. Después de más de veinte años de amistad, había confianza.
—¿Qué haces? —pregunté más que nada para anunciar mi llegada.
Él estaba frente al ordenador, como tantas otras veces. Se giró en la silla y dijo:
—Estoy mirando las fichas de las donantes, para escoger una. Ven a ver.
Me acerqué cauteloso, pero su respuesta ya me había echado atrás un par de pasos. No es que no supiera de sus planes; aun así, la rapidez con la que los ponía en marcha no dejaba de sorprenderme.
Se trataba de algo que yo mismo me había planteado desde siempre, desde que en mi más tierna juventud supiera que no tendría hijos de la manera tradicional y que por esa misma razón no sería fácil tenerlos. Hacia los treinta años, cuando tuve dinero, lo pensé en serio, lo hablé con los amigos y hasta con los compañeros de trabajo. Todos me apoyaron y animaron, aunque yo hablaba de adoptar y seguí hablando sin hacer nada durante varios años más. Entonces me trasladaron a Madrid y conocí a Gustavo, nos enamoramos a toda prisa, y antes de casarnos hace diez años salió el fantasma de los niños, esa conversación que tienen todas las parejas dando por sentado que los futuros seres serán el producto del cincuenta por ciento de cada uno, aportando lo mejor pero quizá también lo peor de cada uno. Nos lo quitamos de la cabeza cuando nos acostumbramos a la comodidad de estar tan bien juntos, de tenernos solo el uno al otro. Ahora sí lo haría, pero la vida me pilla pobre y viejo.
Rafa movía el ratón arriba y abajo.
—Estoy entre estas dos. Tienen un historial médico impecable, sin enfermedades; se alimentan bien, no fuman ni beben o consumen drogas y no tienen antecedentes de problemas mentales o emocionales.
—Y las dos son rubias y con los ojos azules —puntualicé sin salir de mi asombro.
—He escogido a las más guapas, claro. También tengo localizada a la gestante.
Volví a pensar en lo del cincuenta por ciento. En esos momentos me pareció frívolo que mi amigo estuviera eligiendo la mitad de lo que sería su futuro hijo en la pantalla de su ordenador. Y además de comprarlo, iba a alquilar un vientre por más de ochenta mil euros. ¿Pero no es esto el siglo XVI? El futuro ya es el presente.

***

Perseverante como es, escogió a su donante y a otra gestante, viajó a Estados Unidos, proporcionó sus semillas, y nueve óvulos fueron fertilizados: cinco XX y cinco XY. La gestante llevó durante algunos meses a un niño y una niña, el único óvulo fertilizado con gemelos, pero la niña no sobrevivió.
Ahora Rafa es el padre soltero de un niño de casi un año y me cuenta con orgullo que va a por la niña, su hermana, de la misma madre y la misma gestante, y que dentro de ocho meses volverá a viajar a Estados Unidos para recogerla.


«Un poema de amor» -- Relato

Entra un mensaje de Pablo, pero no es solo para mí. Estoy en un grupo con un montonazo de gente. Nos pide colaboración para un proyecto. Va a proponerle matrimonio a Sergio. Ha escogido un poema de Neruda sobre el amor. Nuestra labor: grabarnos con el móvil leyendo el poema entero. Es larguito. Luego él ya lo editará y al final le hará la propuesta.
Pienso dos cosas. Primera: ¿para qué casarse? Y segunda: qué buena idea.
—No todo el mundo es tan reacio al matrimonio como tú —me dice el amor de mi vida actual.
Vaya, así que no estaba solo pensando; la voz me ha traicionado.
—El matrimonio es la prostitución de la mujer. Me cuesta aceptar que dos hombres se metan en él de manera voluntaria.
—También las mujeres se meten de manera voluntaria. —Ríe.
—Mejor lo dejamos. —Eso le digo cuando intuyo que se mofa de mí.

***

Voy a poner mi granito de azúcar, por supuesto. Somos amigos desde mucho antes del fin del siglo pasado y siento un cariño profundo por los dos. A Pablo lo conocí primero. Durante un largo tiempo tuvo novia, y era divina. Así la llamábamos: la Divina. Solo hablaba perfecciones de ella. Nunca la vimos y un día nos contó que se acabó. Entonces apareció Sergio, un amigo. La amistad se alargó durante al menos cuatro años, hasta que el padre de Pablo murió. Y de repente: que somos más que amigos, es que mi padre no lo habría entendido, eso lo habría matado, mejor esperar a que se muriera de otra cosa. Lo miramos atónitas. ¿Y la Divina? Era guapísima, nos dijo, y tan perfecta, tan divina… Nos alegramos por la liberación evidente que sentía, pero con el orgullo un poco herido nos quejamos: a tu padre vale, pero a nosotras ¿por qué nos has tenido tan engañadas? Su respuesta: si nadie conocía nuestro secreto, sentía que traicionaba menos a mis padres, aunque nos costaba creer que nunca nadie nos preguntara o sospechara nada.
Y ahora se casan. Porque Sergio le dirá que sí, ¿no? Le pregunto a Pablo cuando será la pedida de mano y me contesta que eso de la pedida es retrógrado, arcaico, patriarcal. Bueno, pues entonces ¿qué le vas a pedir?, ¿el pie? Que no es una pedida, es una propuesta.

***

Cumplo con mi palabra de buena amiga y a los pocos días me llega el resultado. Estoy en el cuarto de baño pasándome el hilo dental. Ya es tarde pero todavía no he apagado el móvil. El vídeo es de dos minutos y algunos segundos, menos de los que empleé yo en leer el poema después de tres intentos al final de los cuales conseguí no tropezarme en alguna palabra desconocida; sin duda, chilena.
No consigo demorar el momento de verlo. En la cama estaría más cómoda. Sin embargo, me veo, de reojo, reflejada en el espejo del cuarto de baño, de pie, con el aparato en la mano, la boca abierta y el hilo colgándome de un diente.
Yo aparezco hacia el final. Poco agraciada, pero por suerte solo pronuncio una frase: «Tú me responderás hasta el último grito» y enseguida me releva el siguiente participante o grupo de ellos. Admiro la capacidad matemática y técnica de Pablo: en tan poco tiempo ha repartido frases para todo ese montonazo de gente; en más de una ocasión ha demostrado que valieron la pena todos los años que invirtió —o dejó pasar— en el proyecto de final de carrera. Además, hay otro vídeo, de los dos sentados en un banco de un parque, Sergio mirando el primer vídeo y Pablo, al final, arrodillándose ante él —pero bueno, ¿y eso no es retrógrado, patriarcal, etc.?— antes del gran abrazo.
El montonazo de gente son hombres, mujeres, niños; jóvenes, medianos y muy mayores; algunos fuera: en la montaña, la playa, el jardín; otros en casa: en el salón o sentados en una cama hecha; algunos en solitario; otros en pareja o en familia, donde todos participan.
Se me nubla la vista. No son solo lágrimas de emoción las que me saltan sin permiso sino de orgullo por toda esa gente, y hasta por mí. Me apresuro a expresar lo que siento con innumerables emojis de corazones y caras redondas amarillas emitiendo más corazones simuladores de besos internáuticos.
El amor de mi vida actual entra en el cuarto de baño. Llega tarde a nuestro ritual de limpieza bucal conjunta. Se detiene un momento muy cerca de mí y al instante sé que ha visto mi profusión desmesurada de corazones. No es que sea celoso, es que me saca tres palmos. Aun así, seguro que se pregunta a quién más que a él le dedico tanto amor. Le enseño el vídeo y cuando termina digo:
—No sabía que era posible tener tantos amigos.
Él ríe, como siempre.
—¿Podrías hacer algo tú así por mí?
—Creía que no querías casarte.
—Pero eso no quita que tú puedas pedírmelo.
Alza las cejas, a punto de reír de nuevo. Estiro del hilo dental colgante y añado:
—Aunque te diga que no.
            Ahora sí, da rienda suelta a la carcajada contenida.